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Número 121
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SEMBLANZA
Miriam Poumian Tapia
La importancia de conocer nuestros talentos y limitaciones...
 

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[MAS]

Por Ulises Cruz
Tenía rato que no platicaba con Miriam. Siendo compañeros de generación de la entonces Escuela Superior de Ciencias Marinas, creí conocerla bien y dejé simplemente pasar el tiempo sin mantener ese contacto que nos permitiría ahora, casi 25 años después de haber estudiado juntos, ser mejores compañeros de trabajo.

Conozco a su esposo Héctor también de la universidad. Los evoco juntos casi desde siempre. Pero en lo individual, la recuerdo de mil maneras: a una Miriam muy joven recién llegada a Ensenada, asistiendo siempre a clases, trabajando en laboratorios, buscando forjarse un futuro; o bien organizando reuniones y reencuentros de amigos; y también muestreando Zostera marina en El Chute, un campo pesquero de bahía Falsa, en San Quintín, cuando ya trabajaba como becaria de Silvia Ibarra, allá por 1983, o por esos mismos años en aquel laboratorio de la Ruiz y 17, cuando el actual edificio de Oceanología ni siquiera había comenzado a construirse.

Siempre amable y participativa, de carácter tranquilo, detallista, Miriam Poumian Tapia cumplió, en 2007, 25 años de trabajar en esta institución (22 “oficialmente”, pues tres años estuvo por honorarios).
Nació en el Distrito Federal, pero ahí solamente vivió un año. “Mi papá trabajaba en PEMEX y siendo niña nos llevó a vivir a varias ciudades de Veracruz. Después, cuando estaba a mitad de la primaria, llegamos a San Martín Texmelucan, Puebla. Después de ahí nos fuimos a Tula, Hidalgo, donde terminé la preparatoria y de ahí me vine a Ensenada a estudiar en Ciencias Marinas”, explica así, rapidito, sus andanzas pre-ensenadenses.

¿Porqué Ciencias Marinas?

Vamos por partes. Estando en preparatoria, Miriam optó por el área de ciencias exactas, pues le atraían las carreras de químico farmacobiólogo o de ingeniero industrial. Consultó entonces un catálogo de carreras y vio “Oceanología”, que sólo se ofrecía en Ensenada. Resultó entonces que un maestro de su escuela conocía a Adolfo Granados Guzmán, un oceanólogo que trabajaba en el CICESE y que era además director de una escuela preparatoria por cooperación en Ensenada. Y eso facilitó su decisión de venir a este puerto.

Miriam nos comentó que nunca había estado en Baja California. Por cuestiones de trabajo, a su papá le ofrecieron la oportunidad de venirse a vivir a Rosarito. Fue cuando le dieron su plaza en PEMEX; entonces le ofrecieron tres opciones para residir: Poza Rica, Veracruz; Tula, Hidalgo y Rosarito. “Y estuvimos a punto de venirnos para Rosarito, pero mi papá consideró que estaba muy lejos y además era desértico. Pensó: ‘mejor aquí nos quedamos’. Y nos quedamos en Tula”, recuerda Miriam.

- ¿Hay algún antecedente en tu familia de alguien que haya estudiado alguna carrera científica?

La mayor parte de la familia, por parte de los Poumian, está en Veracruz y en el Distrito Federal. De los que viven en Veracruz, la mayoría son pescadores, mientras que los del D.F. la mayoría son profesionistas. Mi papá Benjamín, de los descendientes de Veracruz, es de las pocas excepciones pues estudió la carrera de contador. Por parte de mi mamá nadie tiene una carrera científica. Mi mamá tuvo una escuela, en la cual había kinder, primaria y una academia de contabilidad, pero nunca me dio por ser maestra o algo así.

- Llegaste aquí en 1978, ¿cómo viste Ensenada? ¿Qué significó vivir sola y comenzar a estudiar la carrera de oceanología?

¡En cuanto llegué ya me quería regresar! Vi todo desértico y además estaba acostumbrada a escuelas grandes, como el centro escolar “Niños Héroes de Chapultepec”, donde estudié en Puebla, una escuela que abarcaba manzanas completas, tenía un campo de futbol, gimnasio, albercas, una explanada con varias canchas de basquetbol… ¡y entonces llegué aquí! Todo desértico, y la escuela sólo con dos o tres edificios; el camino para llegar a la escuela era de terracería. Llegué aquí con mi mamá, hice el examen y pasé”.

- En esa época estaba el cogobierno en la Unidad de Ciencias Marinas, ¿te tocaron huelgas al iniciar clases? ¿Cómo viste ese proceso?

Venía de terminar mi prepa en Tula, pero hice un año en Puebla, donde había mucho movimiento estudiantil. Ahí se nos enseñaba economía, filosofía y las diferentes corrientes socio-económicas. Cuando llegué aquí empezó una huelga y al enterarme por qué se peleaba, qué era lo que motivaba esta huelga, me integré. No me fui a casa de vacaciones, sino que agarré un bote y me subí a los camiones en la carretera para hablarle a los pasajeros y colectar dinero. En esa ocasión me tocó la toma de los terrenos donde ahora está la vicerrectoría de la UABC en Ensenada.

En mi etapa universitaria viví primero con una familia, después viví con amigas y después sola. Desde el principio fue enfocarme en la escuela; tomaba mis cursos, me quedaba en la biblioteca y casi siempre era regresar a la casa solamente para dormir. Realmente fueron años en que me concentré en mi vida estudiantil. ¿Fiestas?, aunque fueran de mis amigos, casi no iba. Me gustaba más ir a San Quintín con la familia con la que vivía, a colectar almejas o a recoger papa o verdura. Siempre he disfrutado la convivencia en familia.

Este proceso de adaptación que vivió Miriam se reforzó conforme avanzaban las clases en su primer semestre. Ella misma admite: “Cuando empezaron las primeras clases me gustó mucho estar aquí. Vi la actividad académica y sobre todo la apertura y la libertad con que podías dialogar, exponer, la libertad con que podías decir: ‘no estoy de acuerdo con esto; yo leí tal cosa y sé que lo que tú estás diciendo no es correcto’. Esa capacidad y libertad de dialogar, de hablar, es lo que me gustó”.

En este momento recuerda a algunos de sus maestros: “Matemáticos de la UNAM, investigadores chilenos que los respaldaban años de experiencia, y sudamericanos en general, de Uruguay, de Argentina. Me gustó la calidad académica y la diversidad de estos maestros. También había norteamericanos, como Joanne Stewart o Gregory Hammann”.

En esos años su contacto con el CICESE fue escaso. Tan sólo un par de ocasiones en que tuvo necesidad de ir a consultar a algunos maestros, sobre todo del área de física. Tampoco procuró mucho a Adolfo Granados, a quien buscó un par de veces en las instalaciones que el CICESE tenía en la avenida Espinoza.

La posibilidad de entrar a trabajar en el CICESE se presentó en 1982, cuando un compañero de generación, Francisco Martínez Pizeno, le comentó que acababa de llegar al CICESE una doctora. Venía de Francia y estaba buscando un becario.

“Estaba en noveno semestre y solamente llevaba dos o tres materias, y como quería hacer mi servicio social, fui a buscarla. Se trataba de Silvia Ibarra; hablé con ella y ese mismo día me dijo que trajera todos mis papeles. Así entré con ella como becaria”, recuerda con una sonrisa. “Me tocaron los muestreos de su primer proyecto, de junio a diciembre de 1982, en San Quintín”.

- ¿Qué te pareció el CICESE?

En esa época me enfoqué en mi trabajo con Silvia, ¡y ya! De ahí en fuera no sabía si había otras áreas. Para nada. Empecé a tener mucha relación con las primeras generaciones de la maestría porque ella daba clases y yo me ocupaba del laboratorio, apoyándola.

La beca que me daban era por cuatro horas de trabajo apoyando a Silvia, realizando trabajo de campo y de laboratorio. Y así duré como un año. Después me contrataron dos años como técnico por honorarios. Y ya después obtuve la plaza.

- ¿Pero desde el principio pensaste en hacer tu tesis de licenciatura con Silvia Ibarra?

No. Ella tuvo un proyecto en 1982 pero en él participaban varios alumnos suyos. Rubén Tamayo y dos más, y yo la apoyaba en los muestreos. De ellos salió un mundo de datos; fue cuando me propuso hacer mi tesis de licenciatura en 1983 o 1984.

- ¿Cuándo decidiste meterte a la maestría? ¿La hiciste como estudiante de tiempo completo o con algunos cursos como externa?

Empecé con una materia por necesidad, porque necesitaba conocer más acerca de análisis estadístico, y tomé esa materia. Luego, si necesitaba una herramienta más, como teoría ecológica, pues la tomaba. Pero como estaba trabajando, tomaba materias sólo como las fuera necesitando por semestre, para capacitarme. Después me llamaron de (la Dirección de) Posgrado y me dijeron: “Tienes acumulados todos estos cursos, ¿porqué no te metes a la maestría?” Y es que ya casi la acababa (je, je). Creo que ya tenía más de la mitad de los créditos.

Los pastos marinos y su importancia

- ¿Cuáles han sido tus temas de trabajo en estos años?

Los temas en que he trabajado han sido en los que mi jefe inmediato la Dra. Silvia Ibarra, ha desarrollado.

Siempre ha sido ecología de poblaciones, sobre todo de un pasto marino llamado Zostera marina que crece en la zona de marismas (en lagunas costeras). También ha sido el estudio de la comunidad de marismas en el estero de Punta Banda, y más recientemente el análisis de ciclos biogeoquímicos en San Quintín. También el impacto sobre las praderas de Zostera marina de los gansos que migran desde Alaska a la bahía de San Quintín.

- ¿Y cómo han evolucionado estas praderas de pastos marinos en los 25 años que tienen de estudiarlas?

Precisamente hay un estudio que está haciendo Silvia Ibarra con un estudiante de doctorado, en el cual encontraron que Zostera marina casi desapareció de bahía Falsa. Los cultivos de ostión que ahí existen se han instalado por años sobre las praderas de pastos marinos: todo el detritus y la falta de luz que provoca el instalar las sartas de ostión ha ocasionado que las praderas de pastos marinos casi desaparezcan.

De hecho el estudio que se había programado hacer en bahía Falsa ahora lo están haciendo en bahía San Quintín, porque en bahía Falsa ya no encontraron ni áreas desocupadas (donde no hubiera sartas de ostión) ni manchones de praderas de pastos, aunque fueran pequeños, para poder hacerlo ahí. (N.R.- La bahía de San Quintín es un cuerpo de agua que lo integran dos pequeñas bahías: bahía Falsa y bahía San Quintín, que comparten una sola boca de entrada al mar).

- Zostera marina ha sido objeto de estudio del grupo donde trabajas desde 1982. Hay un conocimiento muy profundo de esta especie. ¿Qué fue entonces lo que pasó?

Como en muchas áreas de nuestro país, no hay una vinculación entre pequeños y medianos productores con la ciencia básica o la ciencia que está estudiando la ecología de una población. No hubo reuniones, ni estudios de impacto ambiental, o sobre la capacidad de carga de la bahía o de cómo afectarían estas sartas a las praderas de Zostera. Simplemente fue una necesidad de la población. Además, la cooperativa grande, la de bahía Falsa, se fragmentó. Ahora hay muchas familias que tienen concesionadas pequeñas áreas de la bahía, y aparte quedó una empresa familiar más grande llamada Agromarinos, que tiene grandes extensiones en la bahía. Esa es la que más ha colocado sartas de ostión en las zonas de Zostera marina. Pero precisamente Silvia, el Dr. Stephen Smith y Víctor Camacho, están programando un monitoreo integral en bahía Falsa para ver qué pasó.

- ¿Porqué es importante Zostera marina?

Es un pasto marino que crece en zonas protegidas de la costa. Y es importante porque cuando estas praderas se extienden, albergan entre sus hojas y sus tallos fauna muy importante para la zona costera. Estas praderas de pastos marinos sirven como zonas de refugio para invertebrados, larvas de peces y de otras especies de importancia comercial. Además, como estas zonas tienen sedimentos muy ricos en materia orgánica, hay una aportación de nutrientes a la columna de agua, dentro y fuera de la bahía.

- Pero esta aportación de nutrientes está basada en la producción primaria de las propias praderas de Zostera, ¿no? Si no hay Zostera, ¿qué va a pasar con la productividad de bahía Falsa?

Es lo que se quiere documentar. La bahía de San Quintín tiene un flujo de mareas muy dinámico, pero parece ser que afecta más a este brazo de la bahía, que a la propia bahía Falsa.

Cambios y huellas en el CICESE

Sobre los cambios que, desde su percepción, ha registrado el CICESE en todos estos años, Miriam comentó que han sido exponenciales desde que entró en 1982.

“Al principio estábamos en la Ruiz y calle 17, pero a partir de que Oceanología se integró en este campus, comenzó un crecimiento exponencial con la contratación de varios investigadores, la apertura de nuevos grupos y líneas de investigación. Después ya empezó a estabilizarse esta área. Donde he visto mucho desarrollo es en acuicultura y en biotecnología”, señaló.

- Con 25 años de trabajar aquí, ¿dónde podríamos ver las aportaciones de Miriam Poumian? ¿Dónde están tus huellas en el CICESE?

Con Silvia siempre he trabajado muy unida en cuestiones de investigación, a excepción de algunos capítulos de libro que ella hace para divulgación, o cuando se fue de sabático. Ahí no intervengo para nada. Pero de ahí en fuera, en el trabajo de investigación realmente somos un equipo; hay varias publicaciones donde estoy como coautora o como parte de los agradecimientos por el análisis estadístico de datos. Es ahí donde están plasmados los resultados del trabajo que uno hace aquí.

- ¿Planes a futuro? ¿Seguirás con el doctorado?

No. Hace como 8 o 10 años tuve la oportunidad de hacer un doctorado, precisamente en el área de ciclos biogeoquímicos. Pero me embaracé del tercer bebé; entonces tuve que decidir entre dedicarme como mamá a mis tres hijos, o sacrificar tiempo familiar en aras de un progreso académico… y no fue difícil la decisión (ja, ja). Opté por la familia.

- ¿Crees que una mujer pueda destacar en ambas ocupaciones: ser una excelente mamá y tener una formación académica consolidada?

El papel de mamá y de profesionista son dos trabajos que te consumen mucho tiempo. Como mujeres tenemos diversas actividades y cada una de nosotras tenemos que organizar nuestras prioridades y evaluar qué nos llena más, qué nos hace felices, qué nos llena, qué nos trae paz. Para ello es esencial conocernos como personas, concientes de los talentos, habilidades, y limitaciones que tenemos. Nuestro valor como personas, como mujeres, no lo da una profesión, no lo da ser la “mamá de” o la “esposa de”; tu valor como persona te lo da Dios y él te dice que te hizo valiosa, que estás completa. No eres la media naranja de nadie, que todo lo que toquen tus manos prosperara, que todo lo puedes en su hijo Jesucristo, porque ya te bendijo.
Mi esposo y yo siempre hemos sido un equipo. Desde que estábamos en la escuela. Las actividades en casa nos las repartimos; las actividades con los hijos nos las repartimos, y cuando tengo que trabajar también nos las repartimos.

Miriam toma entonces un respiro para comenzar a hablar de sus aficiones, de lo que le gusta hacer en su tiempo libre. “Hubo un tiempo que tomé clases de cerámica en la escuela de artes y me gustó mucho. También retomé la natación como deporte. Cada que me siento un poco mal de mi columna voy y hago natación”.

En un plano muy personal, Miriam quiso compartir con nosotros una importante etapa de su vida. En sus propias palabras señaló: “Hace como nueve años entré en una crisis muy fuerte. Casi me divorcio y fue entonces cuando yo, que no creía en Dios, clamé por él. Y le dije llorando: ‘debe haber una mejor calidad de vida; quiero ser feliz, quiero tener un matrimonio feliz, una familia feliz, sin estar presionada’. Y fue entonces que me llegó una invitación para asistir a una congregación cristiana. En ese momento recibí a Jesucristo en mi corazón y me hice cristiana. Y desde entonces comenzaron a acomodarse las cosas”.

Se nota que está en paz consigo misma. Reconoce que a partir de entonces “...empecé a ser mejor profesionista, mejor mamá, mejor esposa y mejor persona, pues Dios me ha transformado. Y sé que soy más eficiente y efectiva en mi trabajo, que me relaciono mejor con mis compañeros, porque existe un antes y un después. Todos dicen que la base de la sociedad es la familia, pero no. La base de la sociedad es el matrimonio. Si el matrimonio está fuerte, si hay amor, respeto, comprensión y ternura, venga lo que venga, la circunstancia y el problema que venga, va a salir a flote la familia”.

Y no hace falta aclarar que esto, desde hace nueve años, es lo que en verdad la apasiona.



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